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En Casanare viven ocho de las comunidades indígenas en riesgo de desaparecer

Una de ellas es la de los indios chiripos, en el poblado de Santa María de Irimene. Amanece en el poblado de Santa María de Irimene. Con la escasa luz que se cuela entre los árboles se ven las figuras trigueñas y menudas de los indios chiripos, atizando los fogones sobre el piso de tierra.

Paco, un indígena descalzo, de pantaloneta y camisa desteñida y sucia, monta guardia cerca de los chinchorros de los periodistas. Empuña un arco de macana y tres flechas de punta metálica, las mismas con las que ensarta iguanas, chigüiros y venados en los montes cercanos.

Su presencia sigilosa parece más un gesto de cortesía hacia los visitantes, pues no se ve peligro alguno en este poblado de madera y zinc, donde habitan los últimos 68 indígenas chiripos que quedan en el país.

Son 41 hombres y 27 mujeres –más de la mitad niños– que se hallan en peligro de desaparecer para siempre de las sabanas y ríos del Casanare, según un documento del Programa Presidencial para los Derechos Humanos.

Los chiripos son seminómadas, viven de la naturaleza y siguen las enseñanzas de Nakoun, su Dios, de una manera tan estricta, que son capaces de entregar lo poco que poseen en sus ranchos si otro se los pide de manera cordial.

Todos los días, los hombres abandonan el caserío para acechar a sus presas en el claroscuro de las madrugadas.

Cazan, pescan y recolectan frutas silvestres dentro de la porción del territorio que les corresponde en el resguardo Caño Mochuelo, en la punta nororiental del Casanare.

Pero las tortugas y otros animales son cada vez más escasos para alimentar a los chiripos y a otros 2.265 indígenas de siete etnias, casi todas de cazadores y recolectores, que ocupan este territorio de 94.880 hectáreas, declarado resguardo en 1985.

Ese título permitió que los sikuanis, maive-masiwares, yaruros-yamaleros, cuivas, wipibis y amorúas construyeran algunos ranchos de moriche y descansaran del acoso de los colonizadores.

Los chiripos aparecieron hace unos 26 años en esta zona, a orillas de río Meta. El primer grupo, 12 hombres y 6 mujeres, fue visto en la laguna del Viento.

“Andaban vestidos con taparrabos de corteza de matapalo y eran muy huidizos porque venían huyendo de las guahibiadas”, cuenta Sergio Rodríguez, el principal líder natural de la región.

Los indígenas más viejos lloran cuando recuerdan esas masacres. Las guahibiadas existieron hasta hace unos 35 años y consistían en cacerías tanto o más fieras que las desatadas contra los animales salvajes.

Los colonos blancos y mestizos perseguían a los indígenas a caballo, con escopetas y perros de caza, porque los consideraban una especie de plaga que les mataba cerdos y ganado.

Reynaldo Paicha, un líder chiripo, explica que ese era el último recurso que tenían los indígenas para intentar frenar a los colonos, quienes construían inmensas haciendas en sus territorios ancestrales, destruían sus fuentes de agua y mataban por miles pájaros, tortugas, micos, tigres y otros animales.

Sentado sobre un tronco, Omero Noko, el menudo capitán o jefe de Santa María de Irimene, resume en su español difícil el silencioso holocausto de su raza: “Antes, muchos, muchos chiripos. Colono matando. Hermana, mató; abuela, mató; papá Bajuechio, mató. Ahora poquitica gente”.

Relata que los blancos y mestizos mataban a machete a mujeres y niños y los arrojaban a las lagunas para que los devoraran las pirañas. A los hombres los amarraban a la cola de caballos y azuzaban los animales hasta que los indios eran desmembrados.

Eso los volvió asustadizos. Por eso, sólo después de varias semanas, algunos líderes y un equipo de misioneros encabezados por religiosas de la orden de la Madre Laura, lograron acercarse a los esquivos chiripos. Omero Noko aún traía en su cuerpo las cicatrices de las guahibiadas.

Las epidemias también ayudaron a aniquilarlos: “Este, yo, –dice el líder indígena señalándose a si mismo– casi, casi murió. Vacunamos, vacunamos… mucha gente murió. Triste”, dice el indígena, quien desconoce cuántos años tiene, solo sabe que nació en el verano.

Noko es un experto y orgulloso cazador. Enseña las puntas de sus tres flechas de caña verada. Una, larga y poderosa, capaz de atravesar un venado a 40 metros. Otra, delgada, para ensartar pescado y una más, en forma de arpón y con tres metros de cuerda, para la tortuga. Las fabrican de pedazos de machetes.

“Comiendo chigüiro, güío (boa), tigre. Tigre bueno, sabroso. Tigre encaramando y este indígena mató con flecha (y templa su arco en dirección al tronco inclinado de un árbol). Güío, pura mantequita… con yuca”, dice Noko y sonríe con sus encías desdentadas.

El viejo capitán, como el resto de los indígenas de este resguardo, sufre de problemas en su dentadura, como lo ha comprobado Diego Velandia, un odontólogo que envió la Gobernación del Casanare, y que recorre en lancha y bicicleta estas tierras.

Muy poco puede hacer, pues los chiripos se comen la crema dental, como si fuera postre, y hacen collares con los cepillos que Velandia les entrega en cada visita.

Hacia el mediodía nos reunimos con algunos miembros de la comunidad, bajo la sombra de los árboles de lechemiel. Paco sigue rondando con sus armas en la mano. Con ayuda de un traductor, los chiripos cuentan que la Eps obligada a atenderlos por cuenta del Sisben solo tiene contrato con hospitales en Yopal, a más de doce horas por trocha, río y vías destapadas.

Cuando se enferman van a pedir ayuda a Cravo Norte (Arauca), a unas cuatro horas en lancha. La directora del hospital de ese municipio, Pilar Contreras, dice que cada mes atienden gratis a entre 30 y 50 indígenas. La mayoría tiene problemas respiratorios, sobre todo, tuberculosis, una enfermedad que hace estragos en estas comunidades.

Debido a su espíritu nómada y a sus hábitos de cazadores y recolectores, es difícil establecer con ellos cualquier plan de gobierno. En la región cuentan que los chiripos tuvieron más de 150 cabezas de ganado, pero un día cualquiera comenzaron a venderlas. Otras las mataron a flechazos y se las comieron.

Los maestros que han pasado por la escuela de Santa María tampoco han logrado crear costumbres sedentarias. “Teníamos un sembrado de yuca y cuando volví de vacaciones lo habían arrancado y se lo había comido y eso que faltaban varios meses para poder cosechar”, cuenta el profesor Rafael Malpica, quien les enseña a 35 alumnos, de preescolar a quinto, en un acto de malabarismo pedagógico.

Su labor es inusual. Las clases se suspenden por una semana cada vez que los indígenas arman sus fiestas rituales. Celebran la primera menstruación de las niñas, el cambio de voz de los niños y las buenas cosechas.

En vacaciones de mitad de año se van en canoas, durante casi un mes, a sus sitios sagrados, más allá del caño Amarillo, donde, según su cosmogonía, los chiripos brotaron de la tierra por voluntad de Nakoun.

¿Sedentarios o nómadas?

De los ocho pueblos indígenas que habitan en el resguardo, sus vecinos, los sikuanis, ubicados en Getsemaní, son los menos vulnerables. El fenómeno se debe a que estos han ido domando su espíritu nómada.

Contrario a los chiripos, los sikuanis aprendieron a cultivar, a criar ganado y a manejar dinero.

A cambio, han perdido buena parte de sus tradiciones ancestrales. “Uno siente a veces por dentro la necesidad de irse caminar por el monte, pero ya no se puede porque muchos tienen gallinas, ganado y muchachos en la escuela”, me había dicho el día anterior, en Getsemaní, a tres horas en lancha, Nancy Valderrama, dueña de una precaria tienda en la que se consigue, sobre todo, gaseosa, cerveza y galletas.

A las demás comunidades les cuesta mucho mantenerse fijos en un territorio, pues no es su tradición. “Para ellos solo existe el día de hoy. Si tienen hambre salen a cazar o a recoger frutas y si tienen sed van al río”, dice el profesor Malpica.

Lo mismo ocurre con los maive-masiwares, asentados en San José del Ariporo, a seis horas a pie desde Getsemaní. La hermana María Rubiela Buitrago, de la orden de la Madre Laura, dice que estos podrían demorarse unos cincuenta años en adquirir algunos hábitos sedentarios. “Los acompañamos pero no les imponemos nada”, dice la religiosa, cuya comunidad hace presencia en Caño Mochuelo desde 35 años.

Dos horas aguas arriba desde Santa María de Irimene, están los yaruros-yamaleros. Estos luchan entre el sedentarismo y su alma de recolectores. Siembran piña, yuca y patilla. Piden que las transferencias que les corresponden se inviertan en un motor fuera de borda para llevar los productos a Cravo Norte.

Tal vez los más apegados a sus costumbres sean los chiripos que lidera Omero Noko.

Llegar a su poblado es como visitar otro siglo. Un maestro de la región cuenta, por ejemplo, que Reynaldo Paicha cambió alguna vez una gallina por una grabadora y poco tiempo después anunció: wo wey eca pebare nawita (el blanco esta allí dentro hablando mucho). Y sin dudarlo metió punta del cuchillo por una fisura y destapó el aparato.

Después de la reunión con los chiripos debajo los árboles de lechemiel, los indígenas se fueron a sus chozas, construidas gracias a un plan de vivienda del Casanare. Comieron yuca y trozos fritos de un chigüiro cazado el día anterior y que repartieron –como es su costumbre– entre las 12 familias del poblado.

Por la tarde se oscureció el cielo a lo lejos, en las cabeceras del caño Aguas Claritas. Menos de tres horas después el río aumentó su cauce y se tornó de color tabaco. Paco bajó por el barranco con agilidad montaraz hasta las raíces de un guásimo y se puso a atisbar las ramas que colgaban sobre aguas turbias donde se bañaban los periodistas.

“Los güíos se esconden en la creciente por allí…”, advirtió en un español más fluido que el de su jefe. Luego dio la espalda y trepó por la pendiente.

Un plan de vida para salvarlos

A orillas del río Inírida, en un lugar que han habitado durante siglos, viven hoy indígenas puinaves que “no tienen qué comer, ni canoa para ir siquiera a pescar”.

Ese es el diagnóstico que la dirección de etnias del Ministerio del Interior, la Agencia Presidencial para la Acción Social y la Cooperación Internacional y el Programa Presidencial para los Derechos Humanos hizo de la comunidad del resguardo el Paujil, cerca de Puerto Inírida, y que forma parte de algunas poblaciones indígenas que, según el documento, presentan un alto grado de vulnerabilidad.

Esta situación, dice el estudio, se debe a la agudización del conflicto armado, que ha causado confinamiento forzado, debilitamiento de las organizaciones, descomposición cultural y más pobreza. Esto “exige atención inmediata, que garantice las condiciones de vida de alrededor de 20 mil personas”, en Chocó, Casanare, Guaviare, Arauca, Putumayo y Córdoba.

En el caso de los katíos del Chocó, donde existe un proceso de descomposición cultural debido a la explotación del oro por parte de familias blancas, “la presencia del Estado es mímima”.

Por su parte, los sálibas del resguardo Duyé (Casanare) han sido afectados por la deterioro de la biodiversidad de su territorio debido a la contaminación de ríos y lagunas por una empresa petrolera.

La lista de comunidades en riesgo incluye, además, a piapocos, puinaves y coreguajes, entre otros. A partir de este diagnóstico, el Gobierno nombró un equipo de ocho profesionales para elaborar un plan de vida que permita atender las principales necesidades de estas poblaciones.

Las diferencias se resuelven a flechazos

El pasado 12 de enero llegó al hospital de Cravo Norte un amorúa con una herida en el tórax. El registro no indica el arma usada, pero en Caño Mochuelo cuentan que el hombre recibió un flechazo disparado por otro nativo de apellido Pedraza, de quien dicen que andaba ‘yopao’ (había consumido el alucinógeno yopo). Pedraza apareció muerto tres meses después con cinco flechazos en el cuerpo. Esta es la más reciente historia de los conflictos que también se viven en estas sabanas donde habitan unos dos mil indígenas en peligro de extinción. Muchos de ellos todavía solucionan sus escasas peleas a punta de flechas. Esta arma es tan importante para los indígenas que, junto con la canoa y el chinchorro, es indispensable para obtener el permiso para formar una familia.

Las guahibiadas

“Antes, muchos, muchos chiripos. Colono matando. Hermana, mató; abuela, mató; papá Bajuechio, mató. Ahora poquitica gente”.

Omero Noko, capitán de los chiripos.